miércoles, 19 de diciembre de 2012

Lxs amigxs y el trabajo


He aprendido que me tardo en aprender las lecciones, esas que les llaman “de la vida”, entre las que he aprendido por fin, es aquella de NO MEZCLAR EL TRABAJO CON LAS AMISTADES.

Desde hace poco más de cinco años he sido responsable de un proyecto de investigación, en la que he tenido un promedio de tres personas a mi cargo. Al principio fue difícil porque era un proyecto completamente nuevo para mí que implicaba trabajar de una forma distinta a como lo había venido haciendo y con más responsabilidades. Ese aspecto creo que lo superé en poco tiempo y mejorándolo cada vez más. Aunque en lo que se refiere a ser “un buen jefe” me he tardado un poco más (aquí habría muchos aspectos que puntualizar que tal vez escriba más adelante), lo que me ha causado muchos problemas es incorporar al equipo de trabajo a personas que originalmente eran mis amigas (en femenino porque la mayoría de los casos han sido mujeres y aquí habría otros aspectos más de los cuales hablar, pero será en otra ocasión).

Los casos de “N” y de “B”, aunque en distintos momentos, fueron muy parecidos, una se tardó un poco más que la otra para empezar a quejarse de mi falta de atención hacia ellas con argumentos como “¿dónde quedó mi amiga Cristina?” “tú ya no me quieres” o “me exiges demasiado”; “B” además agregó el “es que tú deberías…” En ambos casos, llegó un momento (o varios) en que consideré la posibilidad de que me estuvieran viendo como su mamá y por lo tanto yo tuviera que apapacharlas como tal, pero me quedaba claro que yo no jugaba ese papel y además, de ninguna manera lo quería. De cualquier modo, me detuve a explicarles, en resumen, que a la hora del trabajo era su jefa y luego era su amiga y que por lo tanto, en el momento de ser su jefa iba a pedir o exigir lo mismo a ellas y al resto. No sé cómo lo hice, pero para mí fue fácil establecer, casi desde el principio, esa línea entre jefa y amiga, pero fue claro que para ellas no había división. El caso de “B” me sorprendió porque para mí siempre fue una persona madura, fuerte y abierta, pero cada vez que intenté hablar con ella, escucharla y hacerle ver mi posición; respondió con lágrimas, reclamos y mucho enojo.
Como el dicho aquel que dice “la tercera es la vencida”, así fue con “L”, la tercera y juro que será la última. Con ella, estoy segura que su ego es más grande que ella misma y aunque lo negara, casi siempre que yo le explicaba cómo hacer alguna cosa, su mirada me decía –no me digas nada que yo ya lo sé- (tal vez en esto tuvo que ver con que ella tiene un grado académico más alto que el mío, pero para mí el grado no hace al maestro). Ella exigía respeto, como todos, pero, a veces, le fallaba hacer lo mismo hacia los demás. Finalmente, luego de una nota aclaratoria que le envié, lo que recibí fueron señalamientos hacia mí, que acepto con gusto cuando veo que la otra persona es capaz de reconocer también sus errores, pero  no fue así y al final, según ella “me había hecho un favor” al trabajar en el proyecto. Asunto en que estoy en completo desacuerdo pues yo no sé qué es lo que consideren ustedes como favor, pero para mí, si así hubiera sido, no hubiera cobrado y mucho menos hubiera pedido una cantidad mayor de la que estaba contemplada, así de simple, entre otras cuestiones.

La verdad, de ninguna de las tres tengo queja de su trabajo, trabajaron bien. Pero esos reclamos de niñas, lágrimas y sacadas de lengua, hacen el trabajo incómodo y pesado, además como no soy de piedra, me afecta emocionalmente. Así que aprendí mi lección, así sean inteligentes, maduras, abiertas, trabajadoras,  con grados académicos o con las perlas de la virgen; se acabaron las amigas (o los amigos) en cualquier proyecto en el cual yo sea la responsable.

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