He aprendido que me tardo en aprender las lecciones, esas
que les llaman “de la vida”, entre las que he aprendido por fin, es aquella de
NO MEZCLAR EL TRABAJO CON LAS AMISTADES.
Desde hace poco más de cinco años he sido responsable de un
proyecto de investigación, en la que he tenido un promedio de tres
personas a mi cargo. Al principio fue difícil porque era un proyecto
completamente nuevo para mí que implicaba trabajar de una forma distinta a como
lo había venido haciendo y con más responsabilidades. Ese aspecto creo que lo
superé en poco tiempo y mejorándolo cada vez más. Aunque en lo que se refiere a
ser “un buen jefe” me he tardado un poco más (aquí habría muchos aspectos que
puntualizar que tal vez escriba más adelante), lo que me ha causado muchos
problemas es incorporar al equipo de trabajo a personas que originalmente eran
mis amigas (en femenino porque la mayoría de los casos han sido mujeres y aquí
habría otros aspectos más de los cuales hablar, pero será en otra ocasión).
Los casos de “N” y de “B”, aunque en distintos momentos,
fueron muy parecidos, una se tardó un poco más que la otra para empezar a
quejarse de mi falta de atención hacia ellas con argumentos como “¿dónde quedó
mi amiga Cristina?” “tú ya no me quieres” o “me exiges demasiado”; “B” además
agregó el “es que tú deberías…” En ambos casos, llegó un momento (o varios) en
que consideré la posibilidad de que me estuvieran viendo como su mamá y por lo
tanto yo tuviera que apapacharlas como tal, pero me quedaba claro que yo no
jugaba ese papel y además, de ninguna manera lo quería. De cualquier modo, me
detuve a explicarles, en resumen, que a la hora del trabajo era su jefa y luego
era su amiga y que por lo tanto, en el momento de ser su jefa iba a pedir o
exigir lo mismo a ellas y al resto. No sé cómo lo hice, pero para mí fue fácil
establecer, casi desde el principio, esa línea entre jefa y amiga, pero fue claro que para ellas no había
división. El caso de “B” me sorprendió porque para mí siempre fue una persona
madura, fuerte y abierta, pero cada vez que intenté hablar con ella, escucharla
y hacerle ver mi posición; respondió con lágrimas, reclamos y mucho enojo.
Como el dicho aquel que dice “la tercera es la vencida”, así
fue con “L”, la tercera y juro que será la última. Con ella, estoy segura que
su ego es más grande que ella misma y aunque lo negara, casi siempre que yo le
explicaba cómo hacer alguna cosa, su mirada me decía –no me digas nada que yo
ya lo sé- (tal vez en esto tuvo que ver con que ella tiene un grado académico
más alto que el mío, pero para mí el grado no hace al maestro). Ella exigía
respeto, como todos, pero, a veces, le fallaba hacer lo mismo hacia los demás. Finalmente, luego de
una nota aclaratoria que le envié, lo que recibí fueron señalamientos hacia mí,
que acepto con gusto cuando veo que la otra persona es capaz de reconocer
también sus errores, pero no fue así y
al final, según ella “me había hecho un favor” al trabajar en el proyecto.
Asunto en que estoy en completo desacuerdo pues yo no sé qué es lo que
consideren ustedes como favor, pero para mí, si así hubiera sido, no hubiera
cobrado y mucho menos hubiera pedido una cantidad mayor de la que estaba contemplada,
así de simple, entre otras cuestiones.
La verdad, de ninguna de las tres tengo queja de su trabajo,
trabajaron bien. Pero esos reclamos de niñas, lágrimas y sacadas de lengua,
hacen el trabajo incómodo y pesado, además como no soy de piedra, me afecta emocionalmente.
Así que aprendí mi lección, así sean inteligentes, maduras, abiertas,
trabajadoras, con grados académicos o
con las perlas de la virgen; se acabaron las amigas (o los amigos) en cualquier
proyecto en el cual yo sea la responsable.
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