No he terminado de leer el libro, pero como su narración comienza en la sierra, al leerla me trajo muchos recuerdos de mis primeros años en Sonora. Precisamente, la primera vez que pisé el estado, yo todavía era estudiante en la ENAH, pero me apunté como voluntaria en el proyecto de Beth Bagwell donde participaba él y César Villalobos; ahí fue donde lo conocí y aunque ya me habían hablado de él, yo no creía que se llamara Júpiter, así que en cuanto me lo presentaron le pedí su credencial de elector y entonces comprobé que efectivamente ese era su nombre (la historia sobre su nombre la he escuchado pocas veces, pero sé que fue idea de su papá). Bueno, el caso es que en el libro hay una foto en particular que cuando la vi me dio mucha risa por la situación en la que estábamos cuando la tomé; obviamente, en ese momento no era nada divertido estar ahí, así, y no sé ni por qué se me ocurrió tomar esa foto.
Resulta que nos dirigíamos hacia un lugar recóndito en la Sierra Madre, donde nos quedábamos acampando alrededor de 10 días, pero poco tiempo después de salir de Casas Grandes, Chihuahua (donde estaba el campamento base), notamos que la camioneta (la famosa procede) donde viajábamos Júpiter, César y yo estaba fallando. La directora del proyecto iba adelante en otra camioneta, así que nos detuvimos y mientras tratábamos o más bien entre los dos trataban de arreglar el desperfecto, esperábamos que la directora regresara, no recuerdo cuántas horas esperamos, pero no regresó y como no hubo forma de seguir, regresamos a Casas Grandes. Al otro día, ya con la camioneta arreglada, emprendimos el viaje nuevamente, sabiendo que teníamos que cruzar varios ríos y que esperábamos no estuvieran tan crecidos para poder cruzar sin problemas.
Llegamos a uno de ellos, llovía, yo me quedé en la camioneta y Júpiter y César se bajaron a sondear la posibilidad de cruzar. Tuvieron a bien amarrarse una cuerda uno al otro, pues en una de esas, César dio un mal paso y la corriente lo arrastró, así que si no hubiera sido por la cuerda con la que lo jaló Júpier, quién sabe lo que habría pasado. Finalmente, llegó un camión que transportaba madera y pasamos enganchando la camioneta al camión para en caso de que nos atascáramos, el camión podría jalarnos. Esa sensación de sentir que la corriente mueve la camioneta estando dentro de ésta, es una experiencia no muy agradable. Cuando llegamos al río más grande, ya casi cayendo la tarde, decidimos cruzar, pues pensamos que como el camión venía detrás de nosotros, si nos llegábamos a quedar en río, nuevamente nos podría jalar al otro lado y podríamos seguir. A la mitad del cruce, la camioneta ya no avanzó. Había que pensar pronto porque la corriente iba bastante fuerte. No recuerdo si nos salimos o nos quedamos, o yo me salí o me quedé, pero lo que sí recuerdo es que el chofer del camión había decidido quedarse a dormir en el rancho que habíamos pasado y ese día ya no cruzaría el río.
Sacamos todas las cosas de la camioneta, la amarramos a un árbol y como nuestras casas de campaña iban en la camioneta de la directora, que por cierto, a esas alturas no había regresado a buscarnos, tuvimos que improvisar un lugar para dormir o medio dormir, esperando que la corriente no se hubiera llevado la camioneta y no ser comida de ningún animal de la región. Despertamos al amanecer con el ruido del camión que ya se acercaba. La foto es de ese día, luego de recuperar la camioneta y a punto de recoger nuestro campamento nocturno. Creo que la cara de César (izquierda) y de Júpiter, lo dicen todo.
Un día platicaba con Júpiter sobre lo fácil y divertido que es contar estas historias, pero que en el momento en que las estás viviendo tienen mucho de todo, pero poca o casi nada de diversión.
Poco más de 10 años después, parte de esta historia o aventura, está plasmada en el libro de Júpiter y me ha hecho reír muchísimo.


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